viernes, 16 de enero de 2009

CAMINO AL CIELO - Sergio Gaut vel Hartman

—¿Otra vez ustedes? —Dios se miró las manos llenas de pintura (había estado preparando los elementos básicos para el génesis en un planeta del sector Spaghetti) y buscó infructuosamente un trapo para limpiárselas. —¡Fernández! ¿Adónde se metió, hombre? Tráigame un trapo para limpiarme las manos.
—¿Arregló a Fernández? —dijo Becerra ingenuamente. Dios había sabido que era Becerra a pesar de que estaba disfrazado de diablo. Lauría también estaba disfrazado de diablo.
—¿No podían cambiarse antes de venir al Cielo? ¿Les parece forma de presentarse ante Dios?
Lauría no consideró apropiado responder a semejante descortesía. Era un hombre grande y nadie, ni Dios mismo, tenía derecho a elegirle el guardarropa.
Pero cuando Fernández apareció con el trapo produjo una gran conmoción en Lauría y Becerra: el asistente de Dios lucía, no sin orgullo, la cabeza de Tomás Moro (Thomas More, para los ingleses, que siempre andan complicándolo todo). Fernández More vel Moro sonrió, socarrón y supe desde ese mismo momento de qué lado vendrían los problemas.
—Verdaderamente hermosa —dijo Becerra—. Una cabeza como esa es como recibir buenas cartas en el póker, cuatro ases, por ejemplo.
—¿No tenía otra cabeza? —dijo Lauría, para llevar la contraria, siempre de mal talante.
—Tomé la primera que encontré —dijo Dios, y seguidamente se mordió la lengua. ¿Por qué tenía que darles explicaciones a esos dos?
—Este gran sabio —dijo Becerra— le escribió desde la cárcel a su hija Margarita, que estaba muy desconsolada.
—Sólo usó la cabeza, Lauría; no infle lagartijas que se vuelven dinosaurios.
—¿Se puede saber qué quieren? Ya les dije que no volvieran por acá, que se quedaran abajo, que es adonde pertenecen.
—Le juro por los años que mi padre pasó pudriéndose en la prisión —dijo Lauría—, que el de abajo no nos soporta. 
—¿Y qué fechorías cometió su padre para merecer la cárcel? —dijo Dios, que entraba en todas.
—“Con esta cárcel —recitó Becerra usando las palabras del santo— estoy pagando a Dios por los pecados que he cometido en mi vida”. 
—No me diga —soltó Lauría, cizañero—, que no recuerda las deudas de sus esbirros y lacayos.
—¡Lauría! —gritó Becerra—. ¡No empiece de nuevo! Sea respetuoso.
—Los sufrimientos de esa prisión —replicó Dios, en cierto modo feliz porque esos dos pillos lo habían sacado de la tediosa tarea del génesis en el mundo del sector Spaghetti— seguramente le disminuyeron las penas que le esperaban a Thomas en el purgatorio. Recuerden, hijos míos, que nada pasa si Dios no permite que suceda. ¡Y Dios soy yo, carajo!
Becerra y Lauría retrocedieron instintivamente. Lauría menos, porque tenía más huevos que Becerra, pero no mucho. Si se me hubiera ocurrido filmar la escena podría haber hecho unos pesos. Esos dos diablitos arrugando frente al dedo (y la mirada) de Dios eran todo un espectáculo.
—Y todo lo permite Dios —rezó Becerra— para bien de los que lo aman. Y lo que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo entendamos, ni nos parezca así.
—Buen chico —dijo Dios—. Tal vez hasta se salve.
—Señor, si me permite —dijo Fernández More vel Moro—, estos dos tienen una deuda pendiente. —Se tocó la cabeza con una uña larga y sucia y guiñó el ojo.
—¿Le molesta ser calvo, Fernández? —Dios frunció el ceño—. ¿Sabe lo que se ahorra en champú?
Lauría lanzó una carcajada estridente, demoníaca; no había desaprovechado las lecciones recibidas mientras estuvo... abajo.
—Me parece —dijo Becerra mientras miraba a Lauría  gravemente— que Fernández quiere cobrarnos la desmesura, el excesivo celo puesto en juego por mi compañero al afeitarlo. Un corte profundo, no voy a decir que no, pero está visto que el problema está solucionado.
—¡No lo puedo creer! —exclamó Fernández.
—¡No lo puedo creer yo! —exclamó Dios—, lo que es mucho más grave.
—¡Yo tampoco puedo creerlo! —exclamó una voz tan profunda que el Cielo se estremeció hasta sus cimientos. No hace falta que aclare dónde están los cimientos del Cielo.
—¿Quién dijo eso? —Dios empezó a girar sobre sí mismo como un derviche, o como un perro cualquiera que se persigue la cola. (Elección de analogía a cargo del lector).
—Yo —bramó la voz.
—¿Y quién es yo, carajo? Se supone que tengo toda la Creación bajo control.
—Parece que no —cuchicheó Lauría sin separar los dientes.
—Lo oí —dijo Dios clavando su mirada fulgurante en los ojos de Lauría.
—No se distraiga —dijo Lauría tapándose los ojos con las manos—. Y vaya a ver qué quiere el intruso.
—Lauría —dijo Becerra—, no le dé órdenes a Dios.
—No soy un intruso —dijo la voz, que a estas alturas del cuento más vale que renombre como la Voz—. Soy la Divinidad Suprema del Universo.
—Ah, bueno —dijo Lauría—. Y entonces, ¿éste quién es? —Lauría señaló a Dios con el dedo. Se había cortado las uñas en el Infierno por razones que no voy a consignar aquí, y el dedo lucía pulcro y manicurado.
—Una deidad local —dijo la Voz—, una especie de Jefe de Sección. ¿Se creen que puedo con todo?
—Ah, bueno —dijo Lauría, que ya empezaba a sonar burlón—. Y usted, me permito conjeturar, viene a ser una especie de Gerente Regional que reporta al Subgerente Galáctico que rinde cuentas ante el Gerente Junior de Conglomerados que informa al Subgerente Senior de Asuntos Globales que depende del Subdirector Adjunto de la Comisión Intercósmica...
—¡Basta, Lauría! —Contra lo que cualquiera podría haber imaginado el grito no provino de Becerra ni de ninguna de las divinidades. El gritón, esta vez, había sido Fernández More vel Moro.
Lauría miró a Fernández Etcétera con una expresión que Sandokan hubiera avalado y sacando la cimitarra volvió a descabezar al asistente de Dios.
—¿Qué hizo, Lauría? —protestó Becerra—. Es la segunda vez que decapita a Fernández. Y acuérdese del Yorkshire de la escribana, del extraterrestre, de las chinas violadas con gorriones, del déspota de las estampillas, de los escritores a los que les depredó los cuentos, de lo que le hizo a Luzbel...
—¿Luzbel, el demonio? —dijo el Dios Local.
—Sí, claro —respondió Lauría sin vacilar—; no se supone que haya hecho mención a la banda de heavy metal mexicano que lidera Raúl Greñas, ¿verdad?
—¿De qué están hablando? —dijo la Voz. No hace falta aclarar que por más que fuera un Dios de categoría superior no tenía la más puñetera idea de los códigos que se cocinaban en nuestro Cielo.
—¡Ustedes, ustedes tienen la culpa! —vociferó el Dios Local buscando una cabeza para Fernández. Mientras lo hacía, señalaba inequívocamente a Becerra y Lauría, una vez más la causa primera (o piedra angular, como prefieran) de los hondos disturbios que agitaban el universo. Los dos diablillos se encogieron de hombros; no se sentían culpables de nada. Fue en ese momento que el Dios Local encontró el cubo negro.
—¿Qué es? —preguntó Becerra asomado sobre el hombro de Lauría.
—Un cubo negro —dijo Lauría.
—Un cubo negro —dijo el Dios Local. Y se le ocurrió de inmediato que podría usarlo como cabeza para Fernández. Bastaría con pintarle unos ojos, la nariz y la boca utilizando los elementos destinados a decorar el génesis del planeta del sector Spaghetti.
—Soy yo —dijo la Voz—. Ustedes están acostumbrados al deohomidismo; una mala costumbre.
—¿Ese cubo de grafito es el Dios Superior? —Becerra se tapó la boca con la mano.
—Sólo un Supervisor Zonal, Lauría. Ya le dije que no agrande lagartijas.
—¿Sabe una cosa, Lauría?
—No. ¿Tengo que saber todo? ¿Soy Dios, yo?
—Me tiene repodrido —escupió Becerra haciendo caso omiso a la enésima blasfemia de su compañero.
—No se peleen, por favor —dijo el Dios Local—. Odio las peleas.
—Todo esto es muy irregular —dijo la Voz del Cubo Negro—. Voy a tener que labrar un acta.
—¿Me va a meter una multa? —dijo el Dios Local.
—Me temo que será algo bastante más grave que una simple multa.
—¿Se acuerda de Erihs’kroihs, Becerra? —dijo Lauría.
—¡Cómo no me voy a acordar!
—¿Quién es Erihs’kroihs? —dijo la Voz del Cubo Negro. 
—Uno que no creía en usted —dijo Lauría—, ni en usted —recalcó señalando al Dios Local—. Todos los alienígenas son ateos, se lo aseguro.
—¿Qué va a hacer, Lauría? —dijo Becerra espantado.
Lauría no contestó. Se rascó el costado de la cabeza con la uña larga y sucia que le había vuelto a crecer mágicamente y sin dar mayores explicaciones tomó al Cubo Negro entre sus manos, lo puso en el suelo y lo pisó con el taco de su bota hasta convertirlo en una pasta irreconocible.
—¿Le sirve la pasta de grafito, Dios?
—¿Para?
—¿No estaba decorando un planeta del sector Spaghetti con idea de empezar de nuevo con toda esa historia de Adán, Lilith y Eva? El grafito pulverizado y amalgamado con un solvente da una excelente carbonilla para bocetar.
—No se me había ocurrido —dijo Dios. Fue visible para Lauría y Becerra que Dios había recuperado el buen humor. Pero fue una mejoría efímera. No había terminado de poner la cabeza de Ana Bolena sobre los hombros de Fernández cuando un puño vigoroso golpeó los portales del cielo.
—¿Hay alguien en casa?
—¡Lo único que nos faltaba!
—Me dije: los vecinos de arriba están de fiesta y no me la podía perder. —Un gigantón disfrazado de diablo rojo, con cuernos y cola y portando una brazada de botellas de champán, metió el cuerpo y lanzó una risotada.
Pero a Lauría la visita le cayó como una patada en los huevos. Si hay una cosa que lo exaspera es perder protagonismo a manos del primer advenedizo que acierta en pasar por donde él está bufoneando.
—Vamos, Becerra, seamos discretos —dijo Lauría haciendo un guiño mal intencionado—. Aquí estos dos parece que tienen cosas importantes que decir y hacer y nosotros salimos sobrando. Además, ese champán es de cuarta.
—Demi sec —dijo Becerra.
—Sí, demi sec, además.

jueves, 15 de enero de 2009

HUELLAS DIGITALES - Sergio Gaut vel Hartman

—¿Por qué se mete en lo que no le importa? —dijo Becerra—. ¿Es asunto suyo? ¿Acaso usted es escritor?
—¿No lo soy? —replicó Lauría de mal modo—. ¿Cómo lo sabe?
—¿Leí algo suyo? —Becerra abarcó con un gesto la enorme biblioteca vacía.
—¿Es necesario? ¿Acaso duda de mi palabra?
—¿Para que alguien sea considerado escritor no sería necesario que por lo menos hubiera escrito un puto libro, un cuento en una revista, un poema, un opúsculo? —Becerra empezaba a sentirse molesto; Lauría lo enfurecía con frecuencia, le producía la clase de irritación que no se remedia con baños de té de malva en las zonas sensibles.
—¿De dónde sacó ese disparate? ¿En qué siglo vive, Becerra? ¿No sabe que hemos entrado en la era digital?
—¿Y qué tiene que ver la era digital con los libros que usted no escribió?
—¿No escribí? ¿Cómo lo sabe? ¿Acaso conoce mi colección de libros digitales?
—¿Sus libros? ¿Escritos por usted? —Becerra abrió muy grandes los ojos, tanto que los párpados se le desencajaron, rodaron cabeza abajo, no lograron hacer pie en la nuca y le cosquillearon la espalda antes de precipitarse por la grieta del culo vaya a saber rumbo a qué profundidades.
Pero Lauría no estaba interesado en los infortunios de los párpados de Becerra. Se irguió como si fuera a despegar rumbo a Europa, el satélite de Júpiter y soltó la afirmación más peregrina de los últimos veintisiete días.
—¿Me va a decir que no conoce al gran Carlos Caganovelas?
—¿Debería?
Lauría acarició el teclado con la delicadeza de un Mantovani y en el monitor aparecieron manadas de íconos. 
—¿Ve? —dijo Lauría señalando los archivos con un dedo rematado por una uña larga y sucia.
—¿Qué son?
—¿No lo sabe? ¿No distingue un compilado digital de un archivo de Corel o de Cuack?
—¿Son compilados de Carlos... Caganovelas?
—¿De quién si no? ¿Del pirata Barbanegra? ¿Qué le pasa, Becerra, tomó un litro de matarratas?
Becerra abrió al azar uno de los compilados. Once cuentos sidosos, por Carlos Caganovelas. Abrió otro: Relatos para cagarse de miedo; autor: Carlos Caganovelas. Uno más. Meando en el urinario genial, de Carlos Caganovelas.
—¿Usted escribió todo esto? —Becerra estaba apabullado, turbado, pasmado, azorado, ofuscado, alelado, encandilado y sobrecogido por la sorpresa. Sobre todo sobrecogido. Le resultaba raro enterarse que Lauría tuviera alguna inclinación artística.  
—¿Si no lo hubiera escrito lo mostraría como de mi autoría?
—¿Cómo puedo saberlo? ¿Nunca tuvo noticias de que hay gente que se apropia de las creaciones ajenas y las presenta como propias?
—¿Está insinuando que yo hice algo tan... tan... tan...?
—¿Quiere dejar de sonar como una campana?
—¿Está insinuando que yo me apropié de esos cuentos y los hice pasar como propios?
—¿No me dijo que eran los cuentos de Carlos Caganovelas?
—¿Se da cuenta, Becerra, de la clase de alimaña que pulula por la red de redes?
Becerra se encogió de hombros. Había llegado el momento esperado: Lauría estaba a punto de enrevesar la historia como si fuese un guante de cabritilla.
—¿Que si me di cuenta? ¿Adónde cree que estoy haciendo taller de creatividad literaria?
—¿En la red de redes? —Lauría empezó a borrar los archivos, uno a uno, tratando de liquidar las evidencias de sus latrocinios, pero Becerra fue más rápido y logró capturar siete compilados utilizando el tentáculo neural que le había sido obsequiado por un viajero temporal, de paso por nuestros días. Los tentáculos neurales estarán de moda en el 2047. Sirven para capturar material digitalizado si se utilizan vinculados con un wub electrónico de un terabyte. Pero ese no es el tema de este cuento. Prometo hablar del viajero temporal, del wub electrónico y del tentáculo neural en otro momento.
—¿Estuvo depredando el Taller 77, Lauría? —Becerra repasó los archivos con los compilados a la velocidad de la luz—. ¿Permitió que Carlos Caganovelas violara las tiernas creaciones de las muchachas núbiles y no tanto? ¿Utilizó los textos en su propio provecho? ¿No le da vergüenza?
Lauría pergeñó una mueca sin estrenar; quizá trataba de expresar cierto arrepentimiento, aunque eso está descartado para los que lo conocemos bien, o es posible que por primera vez en su vida estuviera desbordado por la actitud firme y afectiva de Becerra. No era habitual que Becerra superara a Lauría y mucho menos que lo humillara propinándole un gancho al hígado o le diera jaque mate.
—¿Me tendría que dar?
—¿Se da cuenta, Lauría, que eso es plagio, usurpación, fraude, abuso y un rebaño de transgresiones, crímenes y delitos de lo más asquerosos?
—¿Usted no sabe, Becerra, que todo lo que está en la red de redes es material de dominio público?
Becerra miró a Lauría como Julio César a Bruto.
—¿Me quiere convencer de que se puede apropiar de lo que se le ocurra sin pedir permiso?
Lauría alzó los ojos al cielo, como implorándole a Dios para que tuviera paciencia con Becerra, el descerebrado. Cuando regresó a la Tierra su expresión había cambiado.
—¿No se da cuenta, Becerra, de que en manos de Carlos Caganovelas esos textos están seguros, que está garantizada la noble y libre repartija de ideas entre los menesterosos del pensamiento? ¿No percibe que aires nuevos refrescan el ambiente y que esas desgraciadas criaturas, analfabetos funcionales, recibirán por fin su ración diaria de moralejas y enseñanzas, ejemplos y certezas, verdades y modelos? ¿Tan ciego es que prefiere privarlos de la luz sólo para satisfacer el ego corrompido de un par de escritorzuelos engreídos?
—¿Un par? —logró barbotar Becerra.
—¿Dos centenares? ¿Dice algo la cantidad o es la calidad lo que define y delimita?
—¿Me está empaquetando, Lauría?
—¿Yo? 
Becerra quiso cerrar los ojos, pero advirtió que no tenía párpados. Metió dos dedos en el culo y los recuperó.
—¿Qué hice para merecer esto? —dijo Becerra—. ¿Maté, violé, estafé? ¿Por qué entre los siete mil millones de seres que habitan este planeta me tuvo que tocar justo a mí? ¿Por qué? ¿Hay una explicación en alguna parte?
Lauría puso una mano sobre el hombro de Becerra, con la otra le acomodó un mechón de pelo rebelde y le dijo con mucha suavidad, como si le hablara a un niño.
—Venga, Becerra, yo le voy a explicar. 

miércoles, 14 de enero de 2009

ARRIBA DE TODO - Sergio Gaut vel Hartman

No les voy a contar todas las peripecias que jalonaron la llegada al Cielo de Lauría. Digamos que llegó, enfrentó al secretario de Dios, un tipo malcarado de apellido Fernández y le exigió que lo dejara pasar.
—¿Está loco? —dijo Fernández.
—No, anormal, estoy muerto.
—Está bien —dijo Dios saliendo del baño. Debajo del brazo tenía un ejemplar de El Gráfico del 12 de mayo de 1935, uno en el que sale el paraguayo Arsenio Erico en la tapa, y cara de pocos amigos; Dios, no Erico, que era un paraguayo buenísimo. Por lo visto Fernández se había olvidado de reponer el papel higiénico—. ¿Qué quiere, Lauría? —Está de más decir que Dios se sabía todos los números e El Gráfico de memoria pero los seguía leyendo porque ama la nostalgia.
—¿Se puede saber adónde lo mandaron a Becerra? Hace una eternidad que lo busco. Lo busqué por todas partes. Hasta en el infierno de los tughs: la diosa Khali casi me estrangula...
—Escúcheme, Lauría: ustedes dos me tienen podrido; han puesto la creación cabeza abajo mientras estuvieron vivos. ¿Debo entender que ahora que están muertos se proponen seguirla aquí arriba?
—Usted sabrá eso, no yo. Sus designios son inescrutables, casi siempre —agregó—. Arriba, abajo; usted sabrá.
—¿Qué insinúa? —Dios volvió a fruncir el ceño. Lauría pensó que tal vez el problema no era el papel higiénico sino un feroz estreñimiento.
—¿Existe algo así como la insinuación para el Ser Supremo? —se burló Lauría—. Creí que a este nivel sólo se manejaban con certezas.
Dios miró a Lauría con una divina mezcla de furia, odio ciego e impotencia, si tal cosa es posible, y estalló como un capo mafia cualquiera. —¡Fernández!
—Si, señor —dijo Fernández cuadrándose y llevando la mano derecha a la frente—; a sus órdenes.
—¿De qué agujero lo sacó a Fernández, Dios? —dijo Lauría.
—No es algo que le incumba —repuso Dios mirando con asco a su esbirro. Hasta Lauría hubiera sido preferible como secretario.
—Es un redimido del Olimpo, ¿no?
—¿Fernández tiene pinta de griego, Lauría? ¿Es estúpido o qué?
—No de ese Olimpo, Dios —bufó Lauría—, del otro, del garage.
—Ah, del otro, claro. —Dios hizo de cuenta que revisaba unas fichas y Lauría se armó de paciencia. Ya le habían contado que ahí arriba las cosas eran como eran, no como a uno le hubiera gustado que fueran.
—Podrían informatizar, ¿no?
—¿Perdón?
Lauría hizo un gesto con el dedo que abarcaba todo lo creado y lo aún por crear. —Que podrían poner computadoras, digo.
—Eso. Sí podríamos. Pero para eso habría que dejar el asunto en manos de... ya sabe... —Dios apuntó con el dedo hacia abajo. —No es confiable. Es más difícil jaquear las fichas que escribimos a mano que craquear un programa.
—Hombre de poca fe —murmuró Lauría.
—¿Qué dijo?
—Ya sabe, ¿se lo tengo que repetir? Usted sabe todo, creo.
Dios miró a Lauría un momento. El tipo se tomaba muy a pecho ese asunto de que todo lo creado, pasado, presente y futuro, se deslizaba como aceite por los dedos de Dios. Pero para Dios no era tan sencillo. Mantener todas las bolas en el aire todo el tiempo no sólo supone ser el mejor prestidigitador, sino que además no hay margen para distraerse, nunca. Se lo dijo en la cara. —¿Sabe qué pasa, Lauría?, para mantener todas las bolas en el aire todo el tiempo no solo hay que ser el mejor prestidigitador, sino que además no hay que distraerse, nunca, entiende. Yo sé todo y lo puedo todo, pero usted me saca de quicio.
—Perdón, a ver si lo entendí bien. ¿Eso significa que aparte de crear la creación original usted se involucró en la facturación de un sistema marginal, un universo lateral, obviamente también creado por usted, claro, pero que actúa de un modo autónomo hasta el punto de distraerlo de la realidad principal, a la que llamaremos, por una cuestión de pura comodidad y no porque ese sea el nombre que le corresponde por derecho, Realidad A?
Dios resopló de un modo que seguramente produjo un huracán cósmico de tal magnitud que dos o tres galaxias se fueron por el sumidero. Pero ese no es el tema de este cuento.
—¡Aquí está! —exclamó Dios sosteniendo triunfal, con dos dedos, una ficha bastante ajada—. Su querido amiguito Becerra está en GL89 UE82 ST12 CK45.
—Ah, gracias, muy ilustrativo —se mofó Lauría—. Supongo que GL89 es el nivel, UE82 el escalón, ST12 el estante y CK45 la gaveta.
—Casi bien —se contraburló Dios—. GL89 es el universo, UE82 la galaxia, ST12 el sistema solar y CK45 el planeta.
 —¿Trata de hacerme creer que Becerra fue resucitado en el planeta CK45 del sistema solar ST12 de la galaxia UE82 del universo GL89?
—¿Y usted se cree que a mí me sobra la materia como para andar despilfarrándola en cadáveres? Desde que decidí reconfigurar lo creado y tender a una optimización de los recursos me limito a hacer desaparecer a los finaditos de aquí y hacerlos reaparecer ahí, tras una leve operación cosmética destinada a que el muerto de ayer sea el vivo de mañana. Racionalización, Lauría, racionalización. Y ahora déjeme en paz y váyase por donde vino antes de que se me suba la mostaza y lo saque a patadas en el tujes. —Dios desenrolló su ejemplar de El Gráfico, materializó una mesa, una silla, una taza de café con leche, tres medialunas y tras sentarse sin volver a mirar a Lauría reinició la lectura.
 —Una última cosa —dijo Lauría.
—¿Qué? —dijo Dios sin levantar los ojos de la revista.
—¿Tiene necesidad de leer los resultados? ¿No los sabe?
—Los sé, pero no me los acuerdo.
—Una última cosa —insistió Lauría.
—Ya dijo la última.
—Una más última. Esta sí que es la última.
—Bueno.
—¿Cómo voy al planeta CK44 del sistema solar ST13 de la galaxia UE83 del universo GL88?
—¿Lo hace a propósito?
—¿Preguntar?
—Preguntar mal. Es el planeta CK45 del sistema solar ST12 de la galaxia UE82 del universo GL89.
—Sí, lo hice a propósito, para ver si estaba atento.
—¿Me está tomando examen? —bramó Dios.
—Dios me libre y guarde —dijo Lauría—, omnipotente y todopoderoso señor.
—Entonces me está tomando en solfa.
—Dios me libre y guarde —repitió Lauría—, omnipotente y todopoderoso señor.
Dios hizo un rollo con El Gráfico y lo convirtió en una estaca. Lo golpeó sobre la mesa y saltaron chispas. Las chispas interesaron la madera y la transformaron en una tea. Dios sacudió la tea por encima de su cabeza y la tea fue una cimitarra.
—¡Impresionante! —dijo Lauría. Se metió la uña entre dos dientes y escarbó un poco—. ¿Quiere? —dijo extendiendo hacia Dios un trozo de materia marrón, residuo del asado comido en la estancia de don Gumersindo Pérez Uriosa poco antes de morir. Seguramente fueron los chorizos, que no estaban en buen estado.
Dios clavó la cimitarra sobre la mesa. La mesa no se transformó en nada.
—Vamos a hacer una cosa, a ver si me deja en paz. 
—Negociemos —dijo Lauría—, eso, negociemos.
—No, no vamos a negociar nada —dijo Dios, otra vez furioso—. Yo le voy a conceder una gracia, porque soy el que soy.
—¿Se va a disfrazar de Becerra? —Los ojos de Lauría se iluminaron. —¡Cómo extraño a mi amigo! A veces lo extraño tanto que tengo miedo de haberme vuelto homosexual.
—No me voy a disfrazar de nada. —Dios se detuvo justo a tiempo; había estado a punto de decirle que disfrazarse no es algo apropiado para alguien tan solemne y glorioso como Él. —Le voy a traer a su puto amigo y después, sin hacer un solo comentario más se van a ir de aquí y no van a volver nunca más hasta el día del Juicio, ¿entendió?
—No, la verdad que no. Usted se contradice. Si regresamos el día del Juicio y usted sigue a cargo del negocio no vamos a poder contener la risa.
Dios no contestó. Decir que Lauría rebasaba todos los límites, vulneraba las reglas, quebrantaba los estados, atropellaba las fronteras, y se pasaba por las pelotas a Dios y a la Holy Creación era decir poco.
Pero mientras Dios reflexionaba, ponderando con cuidado su próxima jugada, Lauría desclavó la cimitarra y decapitó a Fernández. 
—¿Qué hizo?
—Dígame, Dios, ¿usted ve poco y mal? Acabo de cortarle la cabeza a Fernández. ¿No se nota? —Lauría estaba tan salpicado de sangre que parecía un probador de salsas de una cantina italiana.
Dios se forzó a guardar silencio, habida cuenta que, desde que Lauría merodeaba por los alrededores, todo era usado en su contra. Abdujo a Becerra desde el planeta CK45 del sistema solar ST12 de la galaxia UE82 del universo GL89  —vulgarmente llamado Banjanin por sus habitantes— y lo sentó en la silla frente a la mesa en la que todavía humeaba el café con leche y permanecían intocadas las tres medialunas.
—Aquí tiene a su amigo —dijo Dios—. No le estoy pidiendo nada a cambio. Pero supongo que mi gesto será convenientemente apreciado. Quiero decir, supongo que ahora me dejarán en paz.
Lauría contempló horrorizado a la criatura que sorbía ruidosamente el café con leche utilizando un apéndice vermiforme tornasolado, bastante parecido a un tramo de intestino de jirafa. El ser tenía aspecto de chirimoya y color verdoso; cinco orificios simétricos, semejantes a bocas de bordes dentados con ojos estrelloides sobre cada uno de ellos, indicaban a las claras que los naturales de Banjanin eran criaturas exocretáceas, de respiración osmótica y reproducción esporádica. Becerra había venido con el cuerpo con el que había renacido en CK45, claro.
—¿A usted le parece que yo puedo aceptar que esta porquería es mi amigo del alma? ¿Cómo va a convencerme de que esto es Becerra?
—¡Es Becerra, carajo! —exclamó Dios—. Las criaturas de Benjanin son así.
—¡A su imagen y semejanza! —chilló Lauría—. ¡Nos ha tenido engañados por siglos y siglos.
—Puedo tener ese aspecto, si quiero —dijo Dios.
—Lindo aspecto para ser crucificado —dijo Lauría con sorna—. Un alcaucil con soretes colgando a los costados. ¡Muy bonito y funcional!
(Esto daría para otro cuento, pero ya escribió uno parecido Cortázar, cuando era un crío, así que mejor lo dejamos).
—Tómelo o déjelo —dijo Dios—. Es Becerra. Tiene la materia y el alma de Becerra, aunque organizadas de otro modo. Y si se empeña, y a pesar de las dificultades que entraña, puedo hacerlo pensar y hablar como Becerra.
Por primera vez en mucho tiempo Lauría pareció bajar una o dos atmósferas de presión.
—Dígame, ¿usted es Becerra, criatura?
—Soy Becerra, Lauría. Soy un hombre prisionero en el interior de un extraño ser. Este cuerpo es una jaula para mí.
—¡Qué desgracia! —se condolió Lauría—. Mire lo que ha hecho de mi amigo.
—No lo hice a propósito —se defendió Dios—. Estaba en el Plan.
—Buena mierda de Plan. Parece un plan de ahorro previo para comprar electrodomésticos.
—¿Electrodomésticos? —dijo Dios.
—No me diga que no sabe lo que son. Aspiradoras, enceradoras, hornos a microondas...
—Ah, eso. No, no ese tipo de plan.
—Déjelo en paz, Lauría —dijo Becerra. Su voz sonaba como la de un enano que hablara a través de papel metalizado desde dentro de un inodoro—. ¿No tenemos bastantes enemigos? Acuérdese de los chinos, del déspota que me encerró por el asunto de las estampillas y de la escribana a la que usted le mató el perrito a patadas. ¿Ahora quiere que nos enemistemos también con Dios?  
—Escuche a su amigo, Lauría —dijo Dios—. Es la voz de la sensatez.
—No lo escucho un carajo. Es un extraterrestre de mierda en el que usted puso una grabación.
—¿Que yo puse qué? —dijo Dios retrocediendo un paso. Las palabras de Lauría estaban más allá de toda lógica; nadie, nunca, se había atrevido a tanto.
—Lauría, por el amor de Dios —dijo el extraterrestre de Banjanin que se hacía pasar por Becerra—, pida disculpas y deje de comportarse como un ordinario.
—¿Se da cuenta? —dijo Lauría encarando a Dios, que retrocedió otro paso—. Becerra jamás me sugeriría que pida disculpas. Becerra es un imbécil, un pusilánime, un batata, un zafio, un petómano y un pirómano, pero me respeta. Este monstruo es un engendro que usted creó para salirse con la suya, pero no se crea que me va a engañar. ¡Vamos, a papá mono con bananas verdes...!
Dios perdió la paciencia y empezó a buscarla.
—¿Adónde habré metido la paciencia? —dijo Dios poniéndose en cuatro patas debajo de la mesa como quien busca una cucharita de plata que se le ha caído.
—Esto me recuerda —dijo la criatura que se hacía pasar por Becerra hipando como si estuviera conteniendo una carcajada— el día de las chinas, cuando estábamos en el bar y se me cayó la cucharita debajo de la mesa. 
Lauría sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Avanzó hacia la chirimoya o alcachofa palpitante en la que se había convertido Becerra por obra y gracias de un Plan que —digámoslo con todas las letras— era por lo menos poco afortunado, y trató de rodearla (rodearlo) con sus brazos.
—¡Querido Becerra! —exclamó Lauría—. ¡Qué feliz me siento!
—Lo siento —dijo Becerra, confundido—, el que está sentado soy yo. Siéntese. —Pero ciertas constituciones (y no estoy hablando de la de los Estados Unidos o de la de Tonga) no son las ideales para moverse con destreza. Becerra (o el banjaniano, o la chirimoya, como prefieran) rodó encima de la mesa y se llevó por delante el café con leche, por entonces helado, y las mediaslunas. El peso de la criatura sobre una mesa creada por Dios de apuro y sin la más mínima ortodoxia, se derrumbó como si fuese un castillo de naipes. Pero una desgraciada circunstancia vino a complicar aún más las cosas. Recuerden (y si no recuerdan retrocedan algunas líneas) Dios andaba a gatas por el suelo buscando su paciencia perdida, por lo que la evaporación súbita de la mesa propició que la masa del banjaninano impactara de lleno en su espalda.
—¡Ouch! —exclamó Dios al recibir los ciento cincuenta kilos de Becerra sobre el espinazo. A renglón seguido ambos yacieron uno junto al otro, con los brazos y apéndices entrelazados en unas posiciones que hicieron las delicias de los acólitos de la red universal de pornógrafos, asociación que como todos saben tiene cámaras automáticas apuntando a todos los sitios determinados con antelación por el Oráculo de Inferencia Probabilística.
—¡Qué asco! —exclamó Lauría, que como todo pervertido es en el fondo un pacato y viceversa.
Dios se levantó de un salto, asumiendo de una vez y para siempre la pérdida de su paciencia, se calzó el borceguí de titanio y sin volver a pronunciar palabra despachó a Lauría a las profundidades con una certera patada en el culo. Con Becerra tuvo algunas dificultades logísticas, ya que no acertaba a determinar con exactitud donde tenía el culo el banjanita, pero finalmente se decidió y pegó en cualquier parte. La alcachofa siguió una trayectoria similar a la de su predecesor y el Cielo se vio por fin libre de desperdicios.
Mientras caían (del Cielo al Infierno hay un largo trecho), Becerra preguntó:
—¿Cómo se lo imagina al Diablo, Lauría?
—¿Me lo pregunta en serio, Becerra?
—¿Le parece que estoy como para preguntar idioteces?
—Tiene razón.
—¿Entonces?
—No tengo idea, pero le garantizo que le vamos a hacer pasar un rato muy entretenido.

lunes, 12 de enero de 2009

PERVERSION - Sergio Gaut vel Hartman

El déspota de Ropei contempló al abogado con ojos de asesino y sonrió entre dientes. —¿Qué le permite suponer —dijo—, que el sufrimiento de su defendido ablandó mi corazón?
—Ha estado veinte años pudriéndose en un calabozo maloliente; veinte, ¿entiende?
—Yo no tengo la culpa de que sus medios de transporte sea tan lentos.
Lauría resopló. —No es lentitud. El efecto Brentano explica los efectos relativísticos del viaje...
—¡Nada de jerga científica en mi casa! —vociferó el déspota—. Son sandeces, herejías, perversiones. La ciencia no existe. Es un fraude urdido por los magos para engañar a la gente sencilla. —A continuación pareció serenarse, pero deslizó una amenaza: —¿Quiere terminar también en un calabozo maloliente?
Lauría reculó. Había viajado hasta Ropei para liberar a Becerra, injustamente encarcelado por el déspota. Guarrón era imponente; parecía no haber dejado de crecer en sus casi ochocientos años de vida y ver ese cuerpo y sentir ese aliento amedrentaba a cualquiera. Tras comprarle la inmortalidad a unos mercaderes del Saco de Carbón, el déspota se había dedicado a perseguir a los científicos de Ropei, intentando evitar que alguno de ellos, aunque fuera por casualidad, lograra descubrir el secreto de la inmortalidad. Guarrón quería ser el déspota de Ropei hasta el fin de los tiempos, a consecuencia de lo cual había convertido a su planeta en una pocilga de atraso y pesadumbre. 
—Es una falsa acusación —dijo Lauría—. Becerra no es científico.
—¡Él mismo lo admitió! —aulló el déspota; no sabía hablar, sólo sabía gritar—. Y yo lo vi con mis propios ojos —agregó tocándose los globos oculares con una uña larga y sucia; Guarrón no se había cortado las uñas en los últimos trescientos años.
—Es un equívoco —insistió Lauría—. Mi defendido es inocente de lo que se le acusa.
—No lo es. Lo he visto experimentar con los objetos de su ciencia. Lo he visto manipular esos objetos pequeños, frágiles. Jamás presencié nada parecido. Y estoy seguro que usted tampoco. Son las herramientas de una ciencia antigua que él practica, una ciencia oculta y maligna. Su perversión no tiene límites y su objetivo salta a la vista: quiere despojarme de mi tesoro.
—¿Su inmortalidad? —aventuró Lauría. 
—Mi inmortalidad —suspiró el déspota, tal vez abrumado por la carga pero sin voluntad de admitirlo—. Hizo alarde de su ciencia; afirma que sus objetos son inmortales, no yo. Que yo soy un fraude, y que sus diminutas piezas ya existían cuando toda la humanidad vivía en un mismo mundo, la Tierra. 
—Nunca me habló de eso —dijo Lauría en voz baja—. Crecimos juntos en Tibilea, el mundo de las lunas azules.
—No es ciencia, es perversión —reiteró Guarrón, empecinado.
—Becerra no es un hombre pervertido. —Lauría hizo una pausa y trató de sostener la mirada del déspota; no era fácil—. ¿Le dio un nombre a su arte, de su ciencia, de su magia... en fin, de su... actividad?
—Sí. —El déspota midió las palabras como si con su sola pronunciación pudiera rajar el continente de costa a costa. —Dijo que lo que él hace con sus pequeños rectángulos ilustrados se llama... filatelia.

miércoles, 7 de enero de 2009

EL HOMBRE QUE ODIABA A LOS ANIMALES - Sergio Gaut vel Hartman

—¡Fundamentalista! —soltó la dama del perrito en la cara de Lauría como respuesta a la piedra que éste, sin esconder la mano, le había arrojado al animal tras descubrirlo defecando en el umbral de la puerta de su casa. Lauría no se inmutó; le habían dicho cosas peores, y en definitiva, aborrecer a los animales no era un hábito más condenable que odiar a los chinos o incordiar a los ancianos en las plazas. Por toda respuesta cubrió con tres zancadas la distancia que lo separaba de la mujer y su Yorkshire, y sin detenerse a apuntar arrojó una patada formidable que tomó al animalito de lleno y lo estrelló contra el semáforo, que en ese momento estaba en rojo. El animal, huelga decirlo, ya estaba muerto en el momento de tocar tierra (semáforo en verde). La mujer, presa de un comprensible ataque de histeria, se rasguñó las mejillas y se orinó, pero el grito insalubre que debía brotar de su garganta tropezó con la glotis y cayó de bruces sobre el velo del paladar, en abierto desafío a la ley de la gravedad.

—Lauría, ¿qué hizo? —exclamó Becerra llegando a la carrera, demudado, atónito por la escena que acababa de presenciar—. ¡Lo mató, mató al perro de la escribana Henríquez Rico!
—¿Qué quería que hiciera? ¿Que lo llevara a la ópera? ¿Que lo mandara a Oxford a estudiar dirección de empresas? ¿Que lo premiara con un trozo de lomo asado? El perro de la escribana Henríquez Rico estaba defecando en el umbral de la puerta mi casa.
—Sí, sí, pero usted es una bestia —dijo Becerra—. Eso no es motivo para matarlo. No hay absolutamente ninguna relación entre el delito y el castigo. —Se aproximó a la mujer, quien permanecía con la boca abierta, congelada en un rictus que no puede ser descripto, mirando sucesiva y alternativamente a Lauría y a la masa esponjosa de pelos grises y negros en que había sido convertido su amado Luismi. Al rato, tal vez inducida por la mano de Becerra, que le acariciaba el hombro desnudo, la mujer logró hipar unos gemidos discontinuos y luego evacuó un sollozo largo y desolado. En todo ese tiempo, Lauría no se había movido del lugar de la patada. —Me imagino que habrá pergeñado una excusa conveniente para explicar este acto sin nombre —concluyó Becerra.
  Lauría se rascó la coronilla con el dedo; la punta del dedo era una uña larga y sucia.
—¿Necesito —dijo—, además de los excrementos en sí mismos, una razón más efectiva y rotunda que mi aversión a los animales en general, a los perros como especie y a los Yorkshire en particular?
—Aghhh —dijo la mujer. Era la primera palabra que pronunciaba desde fundamentalista, cuando Luismi todavía estaba vivo; no parecía ser una palabra que expresara mucho más que impotencia ante los hechos consumados. El animal ya estaba muerto, pero hasta donde ella sabía, no existen leyes que castiguen el asesinato de animales. ¿O sí?
—Contra lo que cree, Lauría —dijo Becerra—, matar a un animal es un delito. —Puso las manos en la cintura y permaneció impasible, en paz con su conciencia, sabedor de que Lauría, por una vez en la vida, no hallaría una respuesta salvadora. Pero Lauría no sólo tenía una respuesta, también tenía una excelente pregunta.
—¿Y cuando se mata a un animal para comer? ¿Está seguro de que en este lugar está vedada la caza de perros? ¿Es o no el Yorkshire una raza de perros guiseros?
—¿Perros guiseros? —Becerra no tenía palabras; nunca había oído hablar de perros guiseros. Y la mujer, que ya había transcurrido la mayor parte del catálogo Winston de gestos y muecas, se desmayó al descubrir que Yorkshire, la raza a la que había pertenecido su amado Luismi, era una raza guisera. Becerra osciló como un anillo de oro atado a un hilo que pende sobre la boca de un vaso lleno de agua. El recorrido de su mano, desde la cintura de la mujer al cuello de Lauría, pareció dibujarse en el aire como un circuito de placa.
—Lauría: usted está loco, rematadamente loco. ¿Cuánta carne cree que se puede aprovechar en un Yorkshire? Cien gramos de jamón en una feta gruesa o una butifarra, comprados en cualquier fiambrería, proporcionarían una mayor satisfacción, hablando, se entiende, desde un punto de vista estrictamente gastronómico, que la que se puede obtener guisando a este bicharraco.
Al oír la palabra bicharraco la mujer abrió los ojos.
—Usted no sabe lo que dice, Becerra —protestó Lauría—, ha vomitado esa estupidez porque nunca comió estofado de Yorkshire. Le paso la receta: se lo despelleja a conciencia, se lo vacía de vísceras, que no son aprovechables, se lo troza en ocho y se lo pone a cocinar en una cazuela de barro en la que previamente se han saltado en aceite y ajo un pimiento rojo y un ají picante...
Al oír las palabras pimiento rojo y ají picante la mujer cerró los ojos, perdida de nuevo en los laberintos de la inconsciencia.
—No tengo elementos para anotar la receta —dijo Becerra con los ojos húmedos y la saliva inundándole la boca por la excitación. Depositó a la escribana Henríquez Rico en un banco sólido, de piedra (el Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte, para más datos) y firmó el documento que comprometía al banco a devolver a la escribana Henríquez Rico al cabo de cuarenta años. La operación (interés compuesto mediante) devengaría para entonces un duplicado clónico flamante de la escribana Henríquez Rico. Pero esa es otra historia y la narraré otro día, lo prometo—. No obstante, y sin pretensiones de discutir su talento culinario, ¿no le parece que sus métodos para cazar Yorkshires son un tanto... rústicos?
—¿Rústicos? —Una vez que Lauría hincaba el diente se comportaba como un Mastín Napolitano. —¿Le parece rústico cazar a las patadas? ¿Más rústico que disparar una escopeta, rociando la atmósfera de perdigones del tamaño de una semilla de cáñamo, docenas de los cuales quedarán en los tejidos y cinco o seis irán a parar a las muelas del comensal, partiéndoselas?
Becerra pareció perder el dominio de la situación por primera vez desde el óbito de Luismi. —Mirado desde ese punto de vista... —La escribana Henríquez Rico observó consternada que dos empleados del Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte la estaban tasando. Aunque bastante recuperada de la conmoción sufrida tras la muerte de su mascota, se golpeaba continuamente la sien con la palma de la mano mientras cerraba los ojos y fruncía el ceño, incapaz de entender la transacción que había consumado Becerra y que la ubicaba en el rol de elemento esencial de la misma sin haberlo ella pedido.
—¿No le ocurrió con las perdices y otras gallináceas?
—¡Exacto! —exclamó Becerra—. Una amigo de la familia, don Tomás Suárez Piris, gaucho de Madariaga, iba a cazar copetonas a Henderson cada dos por tres, y nos las regalaba escabechadas, tres por cuatro, doce. ¡Si me habré partido muelas y dientes con los benditos perdigones!
—¿Se da cuenta ahora por qué prefiero cazar perros a las patadas? No es por gusto, es por necesidad.
—Más o menos. ¿La carne no queda amoratada? ¿Acalambrada? ¿Desgarrada?
—¡No diga zonceras, hombre! El animal ni siquiera se da cuenta de que se muere. La patada le parte el espinazo antes de que vea llegar la punta del zapato. La interrupción del flujo nervioso, por estrangulamiento medular lo manda del otro lado al instante.
Becerra demandó silencio de Lauría y lo instó a observar la partida de la escribana Henríquez Rico, quien viajaba a Suiza por asuntos de negocios casi sin tocar el suelo.
—Si no fuera porque veo a los dos fornidos agentes del Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte —comentó Becerra—, diría que la escribana Henríquez Rico levita.
—Tal vez levita —dijo Lauría reflexivo, rascándose la barbilla con el dedo de la uña larga y sucia—. Tal vez levita porque finalmente comprendió que el sacrificio de Luismi fue realizado para alabar a Jehová.
—¿Lo dice en serio? ¿Por qué no me lo advirtió antes? —Becerra dio un paso atrás para contemplar a Lauría en toda su magnificencia. Si hubiera sabido que se trataba de una patada religiosa... —¿Usted es una persona de fe, Lauría?
—¿Qué otra cosa podría ser? —respondió éste, mosqueado por la duda—. He seguido las normativas de Abraham y Aarón toda mi vida.
—¿Eso significa que si yo en lugar de Becerra fuera Becerro me degollaría en presencia de Jehová y ofrecería mi sangre y la rociaría alrededor del altar?
—En efecto. —Lauría hizo una mueca impúdica, más que nada para marcar el fin de la sección religiosa de la charla. —¿Guisamos el Yorkshire antes de que entre en estado de descomposición?
—Si, en efecto, tiene razón. Hagamos ese estofado antes de que se pudra —dijo Becerra—. Voy a comprar zanahorias y arvejas y pimientos. Pero lo prepararemos como si fuera un conejo, ¿de acuerdo? Prefiero mi receta; no confío en la suya. Usted tiene el gusto salvaje de un kalmuco.
—De acuerdo —dijo Lauría, indiferente al insulto de Becerra, y se agachó a recoger los restos de Luismi. No llegó a completar el movimiento porque una voz atronadora descendió desde lo alto.
—¡Ni se le ocurra!
—¿Qué pasa, Becerra?
—Yo no dije nada —se defendió el acusado.
—Dijo: “ni se le ocurra”.
—No fui yo.
—Fui yo —aclaró la misma voz potente. Sonaba como un dios, parecía un dios, a todas luces, pero no lo era. Era un extraterrestre que pasaba por el lugar y tras presenciar lo ocurrido, desde “fundamentalista” en adelante, había decidido intervenir a pesar de las severas restricciones impuestas por el Código Galáctico para inmiscuirse en los asuntos privados de los terrestres. Está de más decirlo, pero el asesinato del Yorkshire de la escribana Henríquez Rico era un asunto estrictamente privado desde el punto de vista del Derecho Galáctico, pero un tema que hería profundamente el desarrolladísimo sentido ético de la mayoría de las especies de la galaxia.
—¿Y usted quién es? —dijo Lauría—. ¡Muéstrese, carajo!
—Soy poco más que una voz —dijo el extraterrestre—. Si me mostrara con toda mi magnificencia ustedes podrían sufrir choques psíquicos irreversibles, traumas de gran magnitud.
—Déjenos correr el riesgo —dijo Lauría—. ¿Con qué autoridad se arroga el derecho de manipular nuestros deseos, aún los más destructivos?
—Con una autoridad semejante a la que usted utilizó para destrozar al perro de la escribana Henríquez.
—Tocado —dijo Lauría.
—Hundido —completó Becerra.
—De acuerdo —dijo Lauría, burlón—; acepto mi culpabilidad. ¿Puedo conocer la pena que me corresponde?
El extraterrestre, que medía poco más de trece centímetros, hizo una pausa significativa, que sonó como si estuviera consultando el tomo CCXVIII del Código Penal Galáctico. —Aquí está —dijo finalmente—. Ataque seguido de muerte de una criatura inferior en el ecosistema común.
—¿Este es un ecosistema común? —dijo Becerra—. ¡Quién lo hubiera dicho!
—Común a ambos —aclaró Lauría—, pedazo de imbécil.
—¿Qué pena le corresponde? —dijo Becerra aprovechando la volada para herir a Lauría.
—Doce años de trabajos forzados, sin posibilidad de conmutación, en el planetoide HJ-908-B —dijo el extraterrestre.
—¿Quién paga el viaje? —quiso saber Lauría.
—Viaje de ida a cargo de la Autoridad Galáctica para la Igualdad y la Justicia.
—¿Viaje de vuelta? —El asunto se complica, pensó Becerra.
—A cargo del liberado. Se supone que en doce años habrá amasado una pequeña fortuna.
—¿De dónde sale esa certeza? —dijo Lauría.
—De que el planetoide HJ-908-B es básicamente de arcilla y los internos se dedican a modelar y pintar cacharros. Pero como no hay casi nada más que hacer, el resultado suele ser bastante positivo.
Lauría le hizo una seña a Becerra y ambos cayeron sobre el extraterrestre al unísono y lo atraparon de algo que se parecía bastante a un cogote.
—¡Jamás en mi vida vi a un ser extraterrestre tan insignificante! —exclamó Becerra.
—Jamás en su vida vio a un extraterrestre —rectificó Lauría.
—¡Suéltenme, desgraciados! —chilló el extraterrestre al borde de la histeria, lo que a pesar de las diferencias morfológicas lo hacía bastante parecido a la escribana Henríquez Rico. Movió algo que se parecía a una trompa de elefante enano alrededor de un disco córneo que se parecía a una esclusa de submarino de bolsillo—. Daré parte a la Brigada de Represión Galáctica que procederá a clausurar este planeta por ciento veinte días.
—¡Eso sí que es una pena! —se lamentó Becerra sacudiendo los dedos como si tuviera las uñas recién pintadas.
—¿Le dije, Becerra, que siento una profunda aversión por los extraterrestres en general, hacia los sorpros como especie y a este hábil pillo llamado Erihs’kroihs en particular?
—¿Como sabe mi nombre secreto? —se espantó Erihs’kroihs moviendo alocadamente un embudo estriado que se parecía bastante al hocico de un oso hormiguero.
—Sé todo lo que necesita una persona creativa para sobrevivir en este universo hostil. —Mientras exponía su ideario, Lauría colocó al extraterrestre en una jofaina y lo envolvió con cinta adhesiva hasta inmovilizarlo por completo. Así amortajado, Erihs’kroihs se parecía bastante a una estatuilla hicsa de la XIII Dinastía.
—No creo que en estas condiciones —dijo Becerra— el amigo Erihs’kroihs pueda poner las transgresiones por usted cometidas en conocimiento de la Unidad de Represalias Galácticas.
—Brigada de Represión Galáctica, Becerra. No sea impreciso en su apreciaciones. —Sin embargo, Lauría reflexionó en profundidad acerca de los peligros potenciales que entrañaba mantener prisionero a un ser extraterrestre. —¿Sabe una cosa, Becerra —dijo finalmente—: he reflexionado en profundidad acerca de los peligros potenciales que entraña mantener prisionero a un ser extraterrestre.
—¿Sí?
—Sí. Erihs’kroihs podría ser híper telépata, o poseer el don de disolver la cinta adhesiva, o de matar con ultrasonidos emitidos por un órgano bastante parecido a un silbato para perros que lleva escondido debajo de los pliegues que le cuelgan encima de los bordes del zócalo de esa protuberancia tan parecida a una teta.
—No se me había ocurrido —dijo Becerra—. ¿Qué vamos a hacer?
Lauría no contestó. Se rascó el costado de la cabeza con la uña larga y sucia y sin dar mayores explicaciones sacó al extraterrestre de la jofaina, lo puso en el suelo y lo pisó con el taco de su bota hasta convertirlo en una pasta irreconocible.
—¿Le parece que será comestible? —dijo Becerra.
—¡No sea asqueroso, Becerra! —replicó Lauría haciendo una mueca muy desagradable—. ¡Cómo se va a comer a un ser extraterrestre que yo aplasté con el taco de mi bota. ¿Sabe la cantidad de excrementos de perro que piso por día?
—Si le despegamos con cuidado toda la cinta adhesiva que usted le puso tal vez podamos...
—¡Por favor! —Lauría se acercó al coqueto recipiente destinado a los desperdicios que el gobierno local había colocado junto a las unidades de restauración moral y arrojó adentro a Erihs’kroihs, o por lo menos lo que quedaba de Erihs’kroihs. —Despellejemos, trocemos, guisemos y comamos a Luismi antes de que la escribana Henríquez Rico logre escapar de las garras de los esbirros del Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte.
—No escapará, Lauría. ¡Es un banco suizo! No entiendo cómo puede ser tan descreído y desconfiado.