Viernes 4 de julio. Apogeo de la tertulia en Banchero. De pronto, la escena se cristaliza, el tiempo se congela. Un instante después, Becerra y Lauría se materializan en el reservado del primer piso.
viernes 4 de septiembre de 2009
REPARACIÓN
Viernes 4 de julio. Apogeo de la tertulia en Banchero. De pronto, la escena se cristaliza, el tiempo se congela. Un instante después, Becerra y Lauría se materializan en el reservado del primer piso.
jueves 12 de febrero de 2009
VÍCTIMAS DEL PAN CON MANTECA
martes 3 de febrero de 2009
TESTAMENTO APOCRIFO
lunes 26 de enero de 2009
FRUTILLAS
Sergio Gaut vel Hartman
jueves 22 de enero de 2009
NO OBSTRUYAN LA SALIDA
domingo 18 de enero de 2009
AGUA CERO
viernes 16 de enero de 2009
CAMINO AL CIELO
jueves 15 de enero de 2009
HUELLAS DIGITALES
miércoles 14 de enero de 2009
ARRIBA DE TODO
lunes 12 de enero de 2009
PERVERSION
miércoles 7 de enero de 2009
LAS CHINAS
LAS CHINAS
Sergio Gaut vel Hartman
¾Está obsesionado con las chinas, Lauría ¾dijo Becerra al mismo tiempo que abría el tercer sobre de azúcar encima del mismo café y dejaba caer el contenido como una fina lluvia.
¾No sé cómo puede tomar el café tan dulce ¾replicó Lauría. Era especialista en eludir la respuesta directa a cualquier pregunta que se le formulara. Su método consistía en hallar algún rasgo vergonzoso en el interlocutor y señalárselo¾. Es como ser drogadicto.
¾Necesito incorporar azúcar ¾se defendió Becerra moviendo la mano torpemente¾. Mi metabolismo lo requiere. ¾Golpeó la cuchara que hizo palanca contra el borde de la taza y salió despedida, haciendo piruetas en el aire.
¾El problema no son las chinas, sino la fertilidad de las chinas ¾dijo Lauría¾. Demasiado fértiles, para mi gusto. ¾Puntada en cruz. Nudo. Tirón. ¾La invasión es inminente e inevitable. Caerán sobre nosotros como una fina lluvia de azúcar y roerán nuestras entrañas con sus dientes metálicos. Los chinos son como ratas robóticas.
¾¿Cómo? ¾Becerra, en cuatro patas debajo de la mesa, no tenía claro si ahora estaban hablando de las chinas, del azúcar o de la maldita cuchara, escurridiza como una laucha, que no se veía por ninguna parte.
¾Son como conejas; siempre están preñadas o recién paridas. Y a mí los conejos me dan tanto asco como las ratas o los ratones. Ni siquiera sé distinguir los metálicos de los otros.
¾Como las lauchas ¾dijo Becerra, que había atrapado una movediza mancha plateada y la sostenía entre dos dedos; tanto podía ser una sardina, una cuchara o una laucha, no estaba seguro, inmerso en la oscuridad que reinaba bajo la mesa. Ese era su karma: el universo tendía a desmenuzarse cuando él trataba de asirlo por la cola.
¾Le voy a confesar algo, amigo Becerra ¾dijo Lauría escarbándose el espacio entre los dientes con la uña¾, el universo es todo un tema. Tenemos tan pocas posibilidades de frenar la tendencia de las cosas hacia el desorden generalizado como de invertir el curso del tiempo cuando es inminente el arribo a la estación terminal. Estación terminal es una metáfora de la muerte, ¿entiende?
Becerra, que había creído arrojar la laucha ¾o la sardina¾ a una buena distancia, comprobó que se trataba de la cuchara perdida cuando oyó el repiqueteo del metal contra las baldosas. Pensó que la mano de hierro de la desesperación lo asía del cuello como si él fuese un pollo de cuarenta días. O una rata robótica china.
¾En este bar ¾dijo Becerra¾, ¿le cobran a uno si extravía una cuchara?
¾No se extravíe, Becerra, no se disperse ¾dijo Lauría¾. Recuerde que nuestro tema son las chinas, las chinas preñadas y las chinas paridas. ¾Trató de acariciar la cabeza de Becerra que sobresalía a un costado de la mesa, pero el pelo estaba duro como una caparazón de tortuga; Becerra usaba demasiada brillantina. ¾Recuerde esto: hay cuatro clases de chinas. Las demasiado jóvenes. Las preñadas. Las paridas. Las demasiado viejas. Cuatro clases. ¾Unió cuatro dedos y los sacudió de arriba abajo y de derecha a izquierda. ¾Cuatro.
¾Eso ocurre con todas; no necesitamos a las chinas para que se verifique la teoría. ¾Becerra trató de incorporarse, pero haber andado en cuatro patas por debajo de la mesa le había producido un intolerable dolor lumbar. No lograba enderezarse.
¾¿Está preparado para afrontar el gasto de la cuchara que perdió, Becerra? Era de buena plata. Calculo que no le van a pedir menos de trescientos, si no la encuentra enseguida. ¡Mozo!
¾¿Para qué lo llama? ¾dijo Becerra, aterrado¾. Deme la oportunidad de buscarla un poco más. ¿Se cree que me sobran esos trescientos?
¾El plan de los chinos es de largo aliento ¾dijo Lauría sin prestar atención al espanto de Becerra¾. La capacidad reproductiva de las chinas en edad fértil les permite fabricar entre quince y veinte críos por cabeza. En los últimos cinco años entraron al país la friolera de un cuarto de millón de chinos, la mitad mujeres, todas en edad de quedar preñadas. Un cálculo conservador nos lleva a establecer que antes de dos décadas habrá cinco millones de chinos en nuestra patria y en otras dos nos habrán superado en población. Imagínese: un presidente llamado Chu-tse Kiang y el ministro de cultura y educación: Sun-kai Tung. Así por el estilo y hasta el infinito.
El mozo, un gallego casi extinguido, se había plantado ante la mesa y miraba a Becerra con ojo crítico; no le gustaban los parroquianos que andaban a gatas bajo las mesas. Y eso que todavía no sabía nada de la cuchara.
¾Tráigame una copa de aguardiente de arroz ¾dijo Lauría sin alzar la vista de una mancha de café que se obstinaba en empapar el mantel.
¾El señor ¾dijo el mozo apuntando a Becerra con la barbilla¾, ¿se va a servir algo?
¾No ¾balbuceó Becerra¾. Yo no quiero nada. Todavía no pude tomar el café.
¾Ese café está helado ¾dijo el mozo con un tono admonitorio que no dejaba flanco a la réplica¾. ¿Quiere que se lo caliente?
¾¡No! ¾gruñó Becerra¾. Déjelo como está.
¾Como guste ¾dijo el mozo, casi ofendido. Se dio la vuelta y se dirigió hacia el mostrador para cumplir con el pedido de Lauría. No se había dado cuenta de que faltaba la cuchara.
¾¿Aguardiente de arroz? ¾dijo Becerra¾. ¿Sake?
¾Así que lo que sigue ¾continuó Lauría, abstraído en su propio renglón de pensamiento— es encontrar un arma efectiva para combatir la proliferación de chinos. Un cortaplumas no es lo más adecuado, y una pistola de rayos es algo demasiado obvio. No necesitamos un arma propiamente dicha, sino un elemento pequeño, casi intangible, algo que no se descubra ni siquiera tras el más minucioso registro. Algo como un puñal de hielo, que se derrite luego de hundirse en el pecho de la víctima. Sin embargo, no logro imaginar, qué haría ese arma, si la consiguiera. Veamos. Estoy pensando en voz alta, Becerra, ¿qué hace, hombre?
¾No tengo un arma pequeña ¾dijo Becerra regresando a la silla con visible esfuerzo; no había recuperado la cuchara, pero ya estaba resignado¾, tampoco un arma grande. Creo que no existen armas que sirvan para matar chinos sin que nadie se dé cuenta. Y también creo que toda esta justificación del genocidio chino es un poquitín racista... o por lo menos xenófobo.
¾Si no puede recuperar una cuchara que se le cayó al suelo, Becerra, mal podría dedicarse a cazar lauchas o sardinas. Usted debería dedicarse a otra cosa. ¿No pensó en disfrazarse de payaso e ir a uno de esos selectivos de la televisión? Tenemos que encontrar un buen nombre para ese payaso; el nombre es todo, las formas controlan el mundo.
¾Estaba hablando de las chinas ¾suspiró Becerra¾, de su fecundidad.
¾Los gorriones ¾dijo Lauría.
¾No ¾insistió Becerra¾, de las chinas.
¾Los gorriones son los enemigos ancestrales de los chinos ¾dijo Lauría¾, más que los nipones y los coreanos; más que los rusos y los vietnamitas o los tibetanos y los indios. Los gorriones no olvidan.
Becerra no entendía adónde quería llegar Lauría, pero atento a que cualquier mínimo empujón lo sacaría al otro del camino prefirió guardar silencio. Mejor que eso, deslizó un comentario superficial, más inocuo que la neblina o el vapor. Grande, móvil e inocuo.
¾Las chinas preñadas ¾dijo, sabiendo que Lauría no haría pie en las chinas preñadas. Tal cual; genio y figura.
¾Los chinos mataban a los gorriones con el ruido. El método era golpear con fuerza piezas de metal, unas contra otras. Imagínese: miles y miles de chinos golpeando gongs y platillos, todo el tiempo, impidiendo que los gorriones se acercaran a los sembrados. Sabe que para los chinos el número no es problema; será porque fueron ellos y no los árabes quienes inventaron los números. Pero no quiero desviarme del tema. Los chinos, golpeando sus metales impedían que los gorriones se posaran en el suelo y los gorriones, exhaustos, sin posibilidades de encontrar un lugar en el que hacer pie, sin posibilidades de dejar de batir las alas, sufrían ataques cardíacos y morían en vuelo. Los chinos impedían que los gorriones se comieran los granos, cierto, pero los gorriones desarrollaron un odio hacia los chinos que se parece al que siente usted, Becerra.
¾¡Yo no los odio! ¾protestó Becerra¾. Usted odia a los chinos, Lauría. Lo dice siempre. Lo suyo es una suerte de cínico antisinismo.
¾Los gorriones, no obstante ¾dijo Lauría desestimando la protesta de Becerra con gran economía de gestos¾, no son idiotas. Debe reconocer que la agresividad que los chinos practicaron con los gorriones fecundó el resentimiento de estas nobles aves, una animosidad que sólo puede compararse a la que los armenios sienten por los turcos. Los gorriones no se olvidan de los chinos. Me dirá usted, Becerra, que poco pueden hacer unos minúsculos gorriones contra un pueblo numeroso, prolífico, sabio y meticuloso, un pueblo que se dispone a conquistar
¾¿Quién es Olaf Stapledon? ¾dijo Becerra.
¾Hay un atajo ¾prosiguió Lauría¾. Las otras razas no pueden con los chinos porque los chinos son más inteligentes que los ingleses y los franceses. Pero, ¿qué pasaría si la inteligencia de los gorriones pudiera ser aumentada exponencialmente? No digo un aumento tal que permitiera a los gorriones construir naves espaciales y copiar cualquier artefacto inventado por los norteamericanos, pero sí un aumento que les permitiera enfrentar con éxito el arma más efectiva de los chinos.
—No tengo idea —dijo Becerra, consternado.
—Exacto, adivinó: el arma secreta de los chinos es la fecundidad de las chinas.
¾¿Sí? ¾dijo Becerra, encantado de poder injertar aunque más no fuera un monosílabo, aunque al mismo tiempo le quedaran profundas dudas de haber adivinado nada.
¾¿Encontró la cuchara, Becerra?
¾¿La cuchara? ¿Quién se acuerda de la cuchara si estamos llegando a
¾¿Will Bates? ¾Lauría movió la cabeza como si un abejorro se le hubiera metido en el oído. ¾Will Bates. ¿Cría gorriones?
Becerra pensó que había llegado su oportunidad, esa que se presenta una vez por partida. Lauría estaba desconcertado, aturdido. Se disponía a rematar, clavando la aguja en el punto exacto, cuando apareció el gallego con el aguardiente y desmoronó la delicada estructura armada por Becerra.
¾El aguardiente ¾dijo el gallego, incapaz de soslayar lo obvio¾. Usted, el otro, ¿seguro que no quiere nada? Veo que se ha formado una especie de hongo sobre el café; no lo tome, puede ser venenoso. ¿Quiere que le traiga otro? ¿Un té verde, quizás?
Lauría movió la mano para indicarle al mozo que se retirara. El tiempo ganado le había servido para rearmar la defensa.
¾La solución es sencilla ¾dijo, reanudando el discurso interrumpido¾. Aumentamos la inteligencia de los gorriones unas cinco o seis veces. Potenciamos el resentimiento que guardan por el asunto de los ruidos y los infartos. Recuerde: los gorriones tienen memoria ancestral y arquetípica, según el modelo junguiano. Les enseñamos que no sean compasivos ni tolerantes ni reticentes. Los educamos para que reconozcan a las chinas preñadas, aunque estén de dos meses. Les enseñamos la técnica del kamikaze. No sé si en ese orden, pero estoy seguro de que ese conjunto de imperativos categóricos operarán en positivo para que la explosión demográfica de los chinos remita.
Becerra miró a Lauría entrecerrando los ojos. ¾¿Usted está loco? ¾le dijo finalmente. A continuación, advirtiendo que el tono no era el adecuado, rectificó: ¾Usted está loco. ¾Como era habitual, Lauría no contestó directamente, y en este caso estaba perdonado: no era una pregunta.
¾El aguardiente de arroz; es de lo mejor. ¿No quiere tomar una copa?
¾El aguardiente de arroz es chino -dijo Becerra, más resentido que los gorriones¾. Más allá de que su extravagante teoría no tiene asidero ni posibilidades de verificarse en la realidad, ya que no existe poder sobre el planeta que pueda aumentar la inteligencia de los gorriones ni utilizar el odio de éstos contra los chinos, en el caso de que la anécdota del ruido y los infartos no sea un cuento chino ¾se permitió una pausa para respirar, pero Lauría no lo interrumpió; estaba como ido, en un limbo¾, el proyecto de convertirlos en kamikazes para obligar a las chinas preñadas a abortar es de una crueldad, de una inmoralidad, de una obscenidad, de un sadismo...
¾¿Cuántos sinónimos me va a disparar? ¾dijo Lauría sonriendo¾. Yo sólo quiero solucionar el problema, que sus hijos puedan vivir en un país libre de chinos. ¿Somos amigos o enemigos?
¾Soy estéril ¾dijo Becerra¾. Pero no quiero vivir en un país libre de chinos a ese precio; preferiría un país libre de Laurías.
¾No lo tome a la tremenda. ¾Lauría bebió un trago de su aguardiente y revoleó los ojos de una manera muy cómica. Se hacía difícil detestar al tipo; sus extravagancias le ponían pimienta a la vida anodina de Becerra, quien sabía que Lauría, en el fondo, ni siquiera se tomaba en serio a sí mismo. Becerra pensó: para nada; me dejé arrastrar una vez más por las facilidad que tiene para ponerme en ridículo. ¿Ahora qué? Puedo declararme su enemigo y él se morirá de risa.
Dos chinas muy jóvenes se habían acercado a la mesa. Eran bellísimas, de rasgos delicados y armoniosos; cuerpos sutiles, manos finas. Por otra parte ostentaban todos las características que el lugar común se había empeñado en atribuir a su raza: timidez, recato, humildad, complacencia.
¾Esta cuchara -dijo la más alta de las dos, un bombón de pura dulzura¾, ¿es de alguno de ustedes? ¾Hablaba en perfecto español, con un dejo oriental indefinible y encantador.
¾Amigo Becerra ¾dijo Lauría¾, siempre hay otro método, tal vez incluso mejor, para resolver un problema. ¿Cuál prefiere? Elija usted.
Becerra captó al vuelo la idea de Lauría, si se quiere más perversa aún que la de los gorriones. ¾Recuerde que soy estéril ¾dijo entre dientes.
Fiel a su costumbre, Lauría no contestó, pero su cabeza empezó a hacer cálculos. Llegado el caso, él podría ocuparse de la china de Becerra, o podía reclutar voluntarios para preñar a las chinas. No había necesidad de mezclar el placer con el deber.
¾Si una china tiene un hijo con un nórdico como yo, por ejemplo ¾dijo Lauría¾, ese hijo, ¿qué es? Chino no, imagino.
EL HOMBRE QUE ODIABA A LOS ANIMALES
EL HOMBRE QUE ODIABA A LOS ANIMALES
Sergio Gaut vel Hartman
—¡Fundamentalista! —soltó la dama del perrito en la cara de Lauría como respuesta a la piedra que éste, sin esconder la mano, le había arrojado al animal tras descubrirlo defecando en el umbral de la puerta de su casa. Lauría no se inmutó; le habían dicho cosas peores, y en definitiva, aborrecer a los animales no era un hábito más condenable que odiar a los chinos o incordiar a los ancianos en las plazas. Por toda respuesta cubrió con tres zancadas la distancia que lo separaba de la mujer y su Yorkshire, y sin detenerse a apuntar arrojó una patada formidable que tomó al animalito de lleno y lo estrelló contra el semáforo, que en ese momento estaba en rojo. El animal, huelga decirlo, ya estaba muerto en el momento de tocar tierra (semáforo en verde). La mujer, presa de un comprensible ataque de histeria, se rasguñó las mejillas y se orinó, pero el grito insalubre que debía brotar de su garganta tropezó con la glotis y cayó de bruces sobre el velo del paladar, en abierto desafío a la ley de la gravedad.
—Lauría, ¿qué hizo? —exclamó Becerra llegando a la carrera, demudado, atónito por la escena que acababa de presenciar—. ¡Lo mató, mató al perro de la escribana Henríquez Rico!
—¿Qué quería que hiciera? ¿Que lo llevara a la ópera? ¿Que lo mandara a Oxford a estudiar dirección de empresas? ¿Que lo premiara con un trozo de lomo asado? El perro de la escribana Henríquez Rico estaba defecando en el umbral de la puerta mi casa.
—Sí, sí, pero usted es una bestia —dijo Becerra—. Eso no es motivo para matarlo. No hay absolutamente ninguna relación entre el delito y el castigo. —Se aproximó a la mujer, quien permanecía con la boca abierta, congelada en un rictus que no puede ser descripto, mirando sucesiva y alternativamente a Lauría y a la masa esponjosa de pelos grises y negros en que había sido convertido su amado Luismi. Al rato, tal vez inducida por la mano de Becerra, que le acariciaba el hombro desnudo, la mujer logró hipar unos gemidos discontinuos y luego evacuó un sollozo largo y desolado. En todo ese tiempo, Lauría no se había movido del lugar de la patada. —Me imagino que habrá pergeñado una excusa conveniente para explicar este acto sin nombre —concluyó Becerra.
Lauría se rascó la coronilla con el dedo; la punta del dedo era una uña larga y sucia.
—¿Necesito —dijo—, además de los excrementos en sí mismos, una razón más efectiva y rotunda que mi aversión a los animales en general, a los perros como especie y a los Yorkshire en particular?
—Aghhh —dijo la mujer. Era la primera palabra que pronunciaba desde fundamentalista, cuando Luismi todavía estaba vivo; no parecía ser una palabra que expresara mucho más que impotencia ante los hechos consumados. El animal ya estaba muerto, pero hasta donde ella sabía, no existen leyes que castiguen el asesinato de animales. ¿O sí?
—Contra lo que cree, Lauría —dijo Becerra—, matar a un animal es un delito. —Puso las manos en la cintura y permaneció impasible, en paz con su conciencia, sabedor de que Lauría, por una vez en la vida, no hallaría una respuesta salvadora. Pero Lauría no sólo tenía una respuesta, también tenía una excelente pregunta.
—¿Y cuando se mata a un animal para comer? ¿Está seguro de que en este lugar está vedada la caza de perros? ¿Es o no el Yorkshire una raza de perros guiseros?
—¿Perros guiseros? —Becerra no tenía palabras; nunca había oído hablar de perros guiseros. Y la mujer, que ya había transcurrido la mayor parte del catálogo Winston de gestos y muecas, se desmayó al descubrir que Yorkshire, la raza a la que había pertenecido su amado Luismi, era una raza guisera. Becerra osciló como un anillo de oro atado a un hilo que pende sobre la boca de un vaso lleno de agua. El recorrido de su mano, desde la cintura de la mujer al cuello de Lauría, pareció dibujarse en el aire como un circuito de placa.
—Lauría: usted está loco, rematadamente loco. ¿Cuánta carne cree que se puede aprovechar en un Yorkshire? Cien gramos de jamón en una feta gruesa o una butifarra, comprados en cualquier fiambrería, proporcionarían una mayor satisfacción, hablando, se entiende, desde un punto de vista estrictamente gastronómico, que la que se puede obtener guisando a este bicharraco.
Al oír la palabra bicharraco la mujer abrió los ojos.
—Usted no sabe lo que dice, Becerra —protestó Lauría—, ha vomitado esa estupidez porque nunca comió estofado de Yorkshire. Le paso la receta: se lo despelleja a conciencia, se lo vacía de vísceras, que no son aprovechables, se lo troza en ocho y se lo pone a cocinar en una cazuela de barro en la que previamente se han saltado en aceite y ajo un pimiento rojo y un ají picante...
Al oír las palabras pimiento rojo y ají picante la mujer cerró los ojos, perdida de nuevo en los laberintos de la inconsciencia.
—No tengo elementos para anotar la receta —dijo Becerra con los ojos húmedos y la saliva inundándole la boca por la excitación. Depositó a la escribana Henríquez Rico en un banco sólido, de piedra (el Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte, para más datos) y firmó el documento que comprometía al banco a devolver a la escribana Henríquez Rico al cabo de cuarenta años. La operación (interés compuesto mediante) devengaría para entonces un duplicado clónico flamante de la escribana Henríquez Rico. Pero esa es otra historia y la narraré otro día, lo prometo—. No obstante, y sin pretensiones de discutir su talento culinario, ¿no le parece que sus métodos para cazar Yorkshires son un tanto... rústicos?
—¿Rústicos? —Una vez que Lauría hincaba el diente se comportaba como un Mastín Napolitano. —¿Le parece rústico cazar a las patadas? ¿Más rústico que disparar una escopeta, rociando la atmósfera de perdigones del tamaño de una semilla de cáñamo, docenas de los cuales quedarán en los tejidos y cinco o seis irán a parar a las muelas del comensal, partiéndoselas?
Becerra pareció perder el dominio de la situación por primera vez desde el óbito de Luismi. —Mirado desde ese punto de vista... —La escribana Henríquez Rico observó consternada que dos empleados del Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte la estaban tasando. Aunque bastante recuperada de la conmoción sufrida tras la muerte de su mascota, se golpeaba continuamente la sien con la palma de la mano mientras cerraba los ojos y fruncía el ceño, incapaz de entender la transacción que había consumado Becerra y que la ubicaba en el rol de elemento esencial de la misma sin haberlo ella pedido.
—¿No le ocurrió con las perdices y otras gallináceas?
—¡Exacto! —exclamó Becerra—. Una amigo de la familia, don Tomás Suárez Piris, gaucho de Madariaga, iba a cazar copetonas a Henderson cada dos por tres, y nos las regalaba escabechadas, tres por cuatro, doce. ¡Si me habré partido muelas y dientes con los benditos perdigones!
—¿Se da cuenta ahora por qué prefiero cazar perros a las patadas? No es por gusto, es por necesidad.
—Más o menos. ¿La carne no queda amoratada? ¿Acalambrada? ¿Desgarrada?
—¡No diga zonceras, hombre! El animal ni siquiera se da cuenta de que se muere. La patada le parte el espinazo antes de que vea llegar la punta del zapato. La interrupción del flujo nervioso, por estrangulamiento medular lo manda del otro lado al instante.
Becerra demandó silencio de Lauría y lo instó a observar la partida de la escribana Henríquez Rico, quien viajaba a Suiza por asuntos de negocios casi sin tocar el suelo.
—Si no fuera porque veo a los dos fornidos agentes del Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte —comentó Becerra—, diría que la escribana Henríquez Rico levita.
—Tal vez levita —dijo Lauría reflexivo, rascándose la barbilla con el dedo de la uña larga y sucia—. Tal vez levita porque finalmente comprendió que el sacrificio de Luismi fue realizado para alabar a Jehová.
—¿Lo dice en serio? ¿Por qué no me lo advirtió antes? —Becerra dio un paso atrás para contemplar a Lauría en toda su magnificencia. Si hubiera sabido que se trataba de una patada religiosa... —¿Usted es una persona de fe, Lauría?
—¿Qué otra cosa podría ser? —respondió éste, mosqueado por la duda—. He seguido las normativas de Abraham y Aarón toda mi vida.
—¿Eso significa que si yo en lugar de Becerra fuera Becerro me degollaría en presencia de Jehová y ofrecería mi sangre y la rociaría alrededor del altar?
—En efecto. —Lauría hizo una mueca impúdica, más que nada para marcar el fin de la sección religiosa de la charla. —¿Guisamos el Yorkshire antes de que entre en estado de descomposición?
—Si, en efecto, tiene razón. Hagamos ese estofado antes de que se pudra —dijo Becerra—. Voy a comprar zanahorias y arvejas y pimientos. Pero lo prepararemos como si fuera un conejo, ¿de acuerdo? Prefiero mi receta; no confío en la suya. Usted tiene el gusto salvaje de un kalmuco.
—De acuerdo —dijo Lauría, indiferente al insulto de Becerra, y se agachó a recoger los restos de Luismi. No llegó a completar el movimiento porque una voz atronadora descendió desde lo alto.
—¡Ni se le ocurra!
—¿Qué pasa, Becerra?
—Yo no dije nada —se defendió el acusado.
—Dijo: “ni se le ocurra”.
—No fui yo.
—Fui yo —aclaró la misma voz potente. Sonaba como un dios, parecía un dios, a todas luces, pero no lo era. Era un extraterrestre que pasaba por el lugar y tras presenciar lo ocurrido, desde “fundamentalista” en adelante, había decidido intervenir a pesar de las severas restricciones impuestas por el Código Galáctico para inmiscuirse en los asuntos privados de los terrestres. Está de más decirlo, pero el asesinato del Yorkshire de la escribana Henríquez Rico era un asunto estrictamente privado desde el punto de vista del Derecho Galáctico, pero un tema que hería profundamente el desarrolladísimo sentido ético de la mayoría de las especies de la galaxia.
—¿Y usted quién es? —dijo Lauría—. ¡Muéstrese, carajo!
—Soy poco más que una voz —dijo el extraterrestre—. Si me mostrara con toda mi magnificencia ustedes podrían sufrir choques psíquicos irreversibles, traumas de gran magnitud.
—Déjenos correr el riesgo —dijo Lauría—. ¿Con qué autoridad se arroga el derecho de manipular nuestros deseos, aún los más destructivos?
—Con una autoridad semejante a la que usted utilizó para destrozar al perro de la escribana Henríquez.
—Tocado —dijo Lauría.
—Hundido —completó Becerra.
—De acuerdo —dijo Lauría, burlón—; acepto mi culpabilidad. ¿Puedo conocer la pena que me corresponde?
El extraterrestre, que medía poco más de trece centímetros, hizo una pausa significativa, que sonó como si estuviera consultando el tomo CCXVIII del Código Penal Galáctico. —Aquí está —dijo finalmente—. Ataque seguido de muerte de una criatura inferior en el ecosistema común.
—¿Este es un ecosistema común? —dijo Becerra—. ¡Quién lo hubiera dicho!
—Común a ambos —aclaró Lauría—, pedazo de imbécil.
—¿Qué pena le corresponde? —dijo Becerra aprovechando la volada para herir a Lauría.
—Doce años de trabajos forzados, sin posibilidad de conmutación, en el planetoide HJ-908-B —dijo el extraterrestre.
—¿Quién paga el viaje? —quiso saber Lauría.
—Viaje de ida a cargo de
—¿Viaje de vuelta? —El asunto se complica, pensó Becerra.
—A cargo del liberado. Se supone que en doce años habrá amasado una pequeña fortuna.
—¿De dónde sale esa certeza? —dijo Lauría.
—De que el planetoide HJ-908-B es básicamente de arcilla y los internos se dedican a modelar y pintar cacharros. Pero como no hay casi nada más que hacer, el resultado suele ser bastante positivo.
Lauría le hizo una seña a Becerra y ambos cayeron sobre el extraterrestre al unísono y lo atraparon de algo que se parecía bastante a un cogote.
—¡Jamás en mi vida vi a un ser extraterrestre tan insignificante! —exclamó Becerra.
—Jamás en su vida vio a un extraterrestre —rectificó Lauría.
—¡Suéltenme, desgraciados! —chilló el extraterrestre al borde de la histeria, lo que a pesar de las diferencias morfológicas lo hacía bastante parecido a la escribana Henríquez Rico. Movió algo que se parecía a una trompa de elefante enano alrededor de un disco córneo que se parecía a una esclusa de submarino de bolsillo—. Daré parte a
—¡Eso sí que es una pena! —se lamentó Becerra sacudiendo los dedos como si tuviera las uñas recién pintadas.
—¿Le dije, Becerra, que siento una profunda aversión por los extraterrestres en general, hacia los sorpros como especie y a este hábil pillo llamado Erihs’kroihs en particular?
—¿Como sabe mi nombre secreto? —se espantó Erihs’kroihs moviendo alocadamente un embudo estriado que se parecía bastante al hocico de un oso hormiguero.
—Sé todo lo que necesita una persona creativa para sobrevivir en este universo hostil. —Mientras exponía su ideario, Lauría colocó al extraterrestre en una jofaina y lo envolvió con cinta adhesiva hasta inmovilizarlo por completo. Así amortajado, Erihs’kroihs se parecía bastante a una estatuilla hicsa de
—No creo que en estas condiciones —dijo Becerra— el amigo Erihs’kroihs pueda poner las transgresiones por usted cometidas en conocimiento de
—Brigada de Represión Galáctica, Becerra. No sea impreciso en su apreciaciones. —Sin embargo, Lauría reflexionó en profundidad acerca de los peligros potenciales que entrañaba mantener prisionero a un ser extraterrestre. —¿Sabe una cosa, Becerra —dijo finalmente—: he reflexionado en profundidad acerca de los peligros potenciales que entraña mantener prisionero a un ser extraterrestre.
—¿Sí?
—Sí. Erihs’kroihs podría ser híper telépata, o poseer el don de disolver la cinta adhesiva, o de matar con ultrasonidos emitidos por un órgano bastante parecido a un silbato para perros que lleva escondido debajo de los pliegues que le cuelgan encima de los bordes del zócalo de esa protuberancia tan parecida a una teta.
—No se me había ocurrido —dijo Becerra—. ¿Qué vamos a hacer?
Lauría no contestó. Se rascó el costado de la cabeza con la uña larga y sucia y sin dar mayores explicaciones sacó al extraterrestre de la jofaina, lo puso en el suelo y lo pisó con el taco de su bota hasta convertirlo en una pasta irreconocible.
—¿Le parece que será comestible? —dijo Becerra.
—¡No sea asqueroso, Becerra! —replicó Lauría haciendo una mueca muy desagradable—. ¡Cómo se va a comer a un ser extraterrestre que yo aplasté con el taco de mi bota. ¿Sabe la cantidad de excrementos de perro que piso por día?
—Si le despegamos con cuidado toda la cinta adhesiva que usted le puso tal vez podamos...
—¡Por favor! —Lauría se acercó al coqueto recipiente destinado a los desperdicios que el gobierno local había colocado junto a las unidades de restauración moral y arrojó adentro a Erihs’kroihs, o por lo menos lo que quedaba de Erihs’kroihs. —Despellejemos, trocemos, guisemos y comamos a Luismi antes de que la escribana Henríquez Rico logre escapar de las garras de los esbirros del Zuerst Nationale Bank von Schwyz Waldstätte.
—No escapará, Lauría. ¡Es un banco suizo! No entiendo cómo puede ser tan descreído y desconfiado.