lunes, 12 de enero de 2009

PERVERSION - Sergio Gaut vel Hartman

El déspota de Ropei contempló al abogado con ojos de asesino y sonrió entre dientes. —¿Qué le permite suponer —dijo—, que el sufrimiento de su defendido ablandó mi corazón?
—Ha estado veinte años pudriéndose en un calabozo maloliente; veinte, ¿entiende?
—Yo no tengo la culpa de que sus medios de transporte sea tan lentos.
Lauría resopló. —No es lentitud. El efecto Brentano explica los efectos relativísticos del viaje...
—¡Nada de jerga científica en mi casa! —vociferó el déspota—. Son sandeces, herejías, perversiones. La ciencia no existe. Es un fraude urdido por los magos para engañar a la gente sencilla. —A continuación pareció serenarse, pero deslizó una amenaza: —¿Quiere terminar también en un calabozo maloliente?
Lauría reculó. Había viajado hasta Ropei para liberar a Becerra, injustamente encarcelado por el déspota. Guarrón era imponente; parecía no haber dejado de crecer en sus casi ochocientos años de vida y ver ese cuerpo y sentir ese aliento amedrentaba a cualquiera. Tras comprarle la inmortalidad a unos mercaderes del Saco de Carbón, el déspota se había dedicado a perseguir a los científicos de Ropei, intentando evitar que alguno de ellos, aunque fuera por casualidad, lograra descubrir el secreto de la inmortalidad. Guarrón quería ser el déspota de Ropei hasta el fin de los tiempos, a consecuencia de lo cual había convertido a su planeta en una pocilga de atraso y pesadumbre. 
—Es una falsa acusación —dijo Lauría—. Becerra no es científico.
—¡Él mismo lo admitió! —aulló el déspota; no sabía hablar, sólo sabía gritar—. Y yo lo vi con mis propios ojos —agregó tocándose los globos oculares con una uña larga y sucia; Guarrón no se había cortado las uñas en los últimos trescientos años.
—Es un equívoco —insistió Lauría—. Mi defendido es inocente de lo que se le acusa.
—No lo es. Lo he visto experimentar con los objetos de su ciencia. Lo he visto manipular esos objetos pequeños, frágiles. Jamás presencié nada parecido. Y estoy seguro que usted tampoco. Son las herramientas de una ciencia antigua que él practica, una ciencia oculta y maligna. Su perversión no tiene límites y su objetivo salta a la vista: quiere despojarme de mi tesoro.
—¿Su inmortalidad? —aventuró Lauría. 
—Mi inmortalidad —suspiró el déspota, tal vez abrumado por la carga pero sin voluntad de admitirlo—. Hizo alarde de su ciencia; afirma que sus objetos son inmortales, no yo. Que yo soy un fraude, y que sus diminutas piezas ya existían cuando toda la humanidad vivía en un mismo mundo, la Tierra. 
—Nunca me habló de eso —dijo Lauría en voz baja—. Crecimos juntos en Tibilea, el mundo de las lunas azules.
—No es ciencia, es perversión —reiteró Guarrón, empecinado.
—Becerra no es un hombre pervertido. —Lauría hizo una pausa y trató de sostener la mirada del déspota; no era fácil—. ¿Le dio un nombre a su arte, de su ciencia, de su magia... en fin, de su... actividad?
—Sí. —El déspota midió las palabras como si con su sola pronunciación pudiera rajar el continente de costa a costa. —Dijo que lo que él hace con sus pequeños rectángulos ilustrados se llama... filatelia.

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